sábado, 15 de noviembre de 2008

Mírame a los ojos.

Llegaría tarde, sin mirar el reloj lo sabía, se daba cuenta que le fallaría, que como siempre él no estaría a tiempo, ella lo conocía, aprendió a sentarse sola en un parque, tomando algo o leyendo algo para que los minutos no tuvieran ese sabor amargo de la espera; se volvió amiga de las palomas y sus historias. Con su mirada perdida en los doce escalones que recorrían la entrada de la iglesia veía como llegaba el viento a saludar a los tenderos de la tarde, escuchaba los periódicos desdoblarse para subirse a los ojos de los señores de carrizo, sentía como la brisa del norte mojaba un poco más sus labios de soda y con un suspiro seguía esperando.

Él siempre se tardaba de más en llegar, todos los días sentía que lo sujetaba el tiempo pero nunca miraba su reloj, auque él quisiera no podría llegar a cumplir la cita en punto, siempre con pena la miraba como pidiendo perdón por los minutos de retraso que ella disfrutaba pero que él no sabía.

Ella siempre puntual, esperaba como sólo ella sabía esperar, hasta que llegaba él, siempre es silencio se sentaba en la banca de en frente a mirarla y a ser mirado,
Por sus bocas nunca pasó una palabra y como arañas recorrían el parque con sus ojos por los doce escalones de la iglesia donde jugaban los niños, con sus miradas veían los nombres que se tatuaban en sus parpados, dibujaban sonrisas en los sombreros de los ancianos, causaban otoño en las nubes que se chocaban en las montañas por mirarlos y entre esos juegos de mudos voyeristas, se enamoraban, se reían con su vista puesta en los ojos del otro y parpadeaban telegramas de caricias.

Todos los días en el parque a la misma hora, acompañados de sus ojos se veían y se miraban cada vez con las palabras más escondidas entre sus faros de luces intermitentes, descubrían la desnudes del agua en las pestañas ajenas que se confundían cuando alguno se paraba y sin decir nada caminaba hasta perderse en alguna de las esquinas, antes todo era silencio, después también.

Él quería encontrar la palabra para decirle lo que sentía, por eso siempre demoraba y nunca llegaba a tiempo a su cita en el parque. Cada tarde que terminaba él se arrepentía de no silbar en su oído esa palabra tan añorada y tan temida, ella prefería el silencio acompañada de la espera previa a encontrarse con los ojos ajenos que existían en él. La rutina de los vistazos perdidos en los mares de hojas del parque alegraba la mirada de elefante que ella sostenía y no dejaba escapar para que todos los días auque tarde él le mostrara en sus ojos su propia mirada.

Amor a primera y última vista, el parque, sus ojos, los árboles, las miradas, los parpadeos, la tarde, los mensajes, tus ojos, mis ojos, la espera, y así seguían enamorados y desnudos en sus miradas, hasta el día que se encontraron a las 5 y minutos en punto, los dos en el parque, él puntual por primera vez, ella extrañando la espera, él se paró y mirándola a los ojos como buscando una lluvia donde escamparse, chupó por última vez su cigarrillo, caminó hasta sentarse en la silla de ella, suspiró y botando lo que quedaba del humo le dijo…

4 comentarios:

Anfetamina dijo...

Tu historia cuenta historias tuyas o historias de quienes te leemos? causas una profunda identificacióncon lo quenos lees susurrado.

amarillaura dijo...

Solo sonrío :):):)

Catalina. dijo...

Aaaaaahhhhhhh.
Grito desesperado de ir corriendo muy rápido y frenar en seco.
Me gusta mucho. Tremendo malabarista de las palabras sos vos.

Anonimo Do dijo...

Exquicita la magia que envuelve a este cuento. Los tenderos nos la pillamos gracias al viento tisándrico.